Fecha de visita:
Puntaje: 73/100
Dictamen: correcto, sin carácter definido
Ladurée se siente en transición. Hay señales claras de una renovación operativa: el ritmo del servicio es más ordenado, la experiencia luce más pulida y, en general, el lugar funciona mejor que antes. Pero cuando llega el momento central —la cocina— todavía falta una firma.
El problema no es la técnica: la ejecución es sólida y se nota el control de lineamientos franceses. El problema es la personalidad. Se come bien, sí, pero cuesta recordar por qué. No hay platillos fallidos ni errores que tiren el recorrido, pero tampoco una narrativa culinaria que amarre el concepto a la mesa.
El short rib es el punto alto: bien resuelto, con potencia y textura, un plato que por fin suena a cocina y no solo a operación. En el resto del menú, Ladurée se mantiene correcto, estable, sin aspavientos.
En resumen: un lugar que ya no tropieza, pero que todavía no emociona. Y hoy, en una ciudad saturada de “bonito y correcto”, eso es lo más peligroso.






