El problema no es la Guía Michelin, es cómo la usamos

La Guía Michelin no vino a arruinar la cocina mexicana.

Tampoco vino a salvarla.

El problema es creer que vino a decidir por nosotros.

Desde que Michelin aterrizó en México, la conversación gastronómica se volvió extrañamente perezosa. Dejamos de discutir procesos, contextos y condiciones, y empezamos a repetir estrellas. Como si el juicio externo nos absolviera de pensar. Como si delegar el criterio fuera una forma legítima de profesionalismo.

No lo es.

Michelin es un sistema de evaluación. Ni más, ni menos. Funciona con reglas claras, una metodología consistente y una historia que no es mexicana. Eso no la vuelve ilegítima. La vuelve situada. Y ahí empieza el problema: cuando olvidamos que todo sistema de evaluación evalúa desde algún lugar.

La Guía Michelin no mide identidad.

Mide ejecución dentro de su propio marco.

Eso significa que puede ser útil, incluso valiosa, si sabemos leerla. Pero aquí la estamos usando como algo que no es: como árbitro cultural, como validador moral, como acta de nacimiento de lo “bueno” y certificado de defunción de lo demás.

El error no es de Michelin.

El error es nuestro, por ansiedad.

Porque hay algo profundamente tentador en que alguien más nos diga qué vale la pena. Nos ahorra conflicto, nos evita discusiones incómodas y nos da un atajo discursivo: “si tiene estrella, es bueno”. Fin del argumento.

Pero la cocina no funciona así. Nunca ha funcionado así.

Michelin evalúa constancia, técnica, claridad de propuesta y ejecución dentro de un estándar internacional. Eso no es malo. Lo que es problemático es confundir estándar con totalidad. Pensar que lo que no entra ahí es menor, incompleto o irrelevante.

En México, esa confusión es particularmente peligrosa.

Porque nuestra cocina no se construyó desde la estabilidad, sino desde la fricción. Desde el error, la adaptación, la precariedad y la necesidad. Muchas de las cocinas que nos definen no nacieron para ser replicables ni constantes, sino para resolver hoy. Evaluarlas con los mismos criterios que una cocina pensada para el control absoluto es no entenderlas. O peor: es exigirles que se traicionen.

Cuando celebramos la llegada de Michelin como si fuera una revelación, lo que hacemos es desplazar la conversación. Ya no preguntamos qué se cocina, para quién, en qué condiciones. Preguntamos cuántas estrellas tiene. Y eso empobrece todo.

También hay una trampa aspiracional que no se está diciendo lo suficiente.

La estrella no solo valida al restaurante. Valida al comensal. Nos permite decir “yo estuve ahí”, “yo entiendo esto”, “yo pertenezco”. El problema es que esa validación se vuelve más importante que la experiencia misma. Empezamos a comer con el currículum en la cabeza, no con el cuerpo.

Y ahí la cocina deja de ser relación y se vuelve estatus.

No estoy diciendo que Michelin no deba existir en México. Tampoco que sus elecciones sean necesariamente equivocadas. Estoy diciendo algo más simple y más incómodo: no puede ser el centro de la conversación.

La cocina mexicana no necesita que nadie venga a decirle que es valiosa. Tampoco necesita traducirse para caber en una guía. Necesita lectores, comensales y periodistas con criterio. Con la capacidad de entender que una estrella no es una verdad revelada, sino una lectura posible.

Cuando usamos la Guía Michelin como sustituto del pensamiento crítico, renunciamos a nuestra responsabilidad. Dejamos de mirar procesos y empezamos a contar premios. Dejamos de hablar de condiciones y empezamos a hablar de listas. Dejamos de incomodarnos.

Y eso, para una cocina que nació de la incomodidad, es una traición elegante.

Hay restaurantes con estrella que hacen un trabajo extraordinario y cocinas sin estrella que sostienen comunidades enteras; ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo. El problema no es Michelin, sino la idea de que una estrella nos exime de preguntar, de dudar y de tomar partido. La cocina no necesita más validadores externos, necesita criterio interno, y ese criterio no se otorga en una ceremonia ni se cuelga en la pared: se construye, todos los días, comiendo con atención.

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