El lujo gastronómico que no es lujo: cuando el discurso vacía el plato

El problema del lujo performático

Plato negro. Pinzas de oro. Flores comestibles que nadie va a comer. Una explicación de tres minutos sobre el origen del ingrediente, su cosecha bajo luna llena y el nombre del productor que lo cultivó con amor ancestral.

¿Lujo?

No. Es decoración cara con storytelling de sobremesa.

Y el problema no es que exista. El problema es que lo estamos comprando como si fuera lujo real.

En los últimos años, la gastronomía en México se llenó de restaurantes que confundieron discurso con técnica, pose con ejecución, Instagram con cocina. Lugares donde el plato parece instalación de museo, donde el menú es un ensayo literario de cinco páginas, donde te explican tanto que terminas sin hambre.

El lujo se volvió performance. Y la cocina, decorado.


Qué es lujo real (y qué no)

El lujo en gastronomía no es lo que brilla. Es lo que funciona.

No está en el plato de autor con nombre imposible ni en la vajilla importada de Japón. Está en el fondo que tardó 12 horas, en la sal que llegó en el momento exacto, en el punto de cocción que solo un cocinero con oficio puede lograr.

Lujo es técnica invisible.

Es saber que la proteína está en su punto sin necesidad de cortarla. Es probar una salsa y reconocer tres reducciones, no una. Es comer un postre y entender que el equilibrio entre dulce y ácido no fue casualidad, fue construcción.

El lujo no grita. No se explica. No necesita que te digan que es lujo.

Se prueba.

Lujo es producto con criterio.

No es tener trufa porque la trufa vende. Es saber cuándo usarla, cómo tratarla, con qué acompañarla para que no sea solo un agregado caro que infla el ticket.

Es elegir el pescado correcto para la técnica correcta. Es respetar la temporada. Es rechazar un ingrediente si no tiene la calidad necesaria, aunque eso signifique sacar un platillo de la carta.

Lujo es ejecución constante.

No es el plato que sale perfecto una vez. Es el que sale bien todas las noches, a las 9 PM y a las 11 PM, cuando la cocina ya está cansada y el servicio saturado.

Es la cocina que no baja el nivel cuando el chef no está. Es el restaurante que no tiene «días buenos y días malos». Es la operación que replica el estándar, platillo tras platillo, servicio tras servicio.

Eso sí es lujo. Y es rarísimo.


Las señales del lujo falso

Cuando el discurso es más largo que la preparación.

Si el mesero tarda más en explicarte el platillo que la cocina en ejecutarlo, desconfía. El buen producto no necesita justificación épica. La buena técnica no requiere manual de instrucciones.

Un chef seguro de su cocina te dice: «Atún con salsa de soya fermentada y daikon.» Punto. Come. Si está bien hecho, el plato habla solo.

Un chef inseguro te dice: «Atún de aleta azul capturado por pescadores artesanales de la costa de Ensenada bajo métodos sostenibles certificados, marinado en salsa de soya de doble fermentación importada de la prefectura de…»

Para. Come. ¿Está rico? ¿Está bien ejecutado? ¿El balance funciona?

Si la respuesta es no, el cuento no lo arregla.

Cuando la presentación pesa más que el sabor.

Hay restaurantes donde pasas más tiempo fotografiando que comiendo. Donde el plato está diseñado para la cámara, no para el paladar.

La foto engaña. El emplatado bonito no compensa un punto de sal equivocado, una cocción pasada, una salsa sin balance.

El lujo real se ve simple. A veces hasta aburrido en foto. Pero al probarlo, entiendes. Cada elemento tiene función. Nada sobra. Nada distrae.

Cuando cobran por el nombre, no por la ejecución.

«Wagyu.» «Trufa blanca.» «Caviar.» «A5 japonés.»

Palabras mágicas que inflan el precio… aunque el wagyu sea «tipo wagyu», la trufa venga de lata, el caviar sea sucedáneo y el A5 no tenga certificación.

El lujo de verdad no necesita engaño. Te dicen qué es, de dónde viene, cómo está preparado. Y si el producto es lo que dicen, el precio se justifica solo.

Pero cuando el menú dice «estilo» o «tipo» o «inspirado en»… ya sabes. No es lo que están cobrando.

Cuando el ambiente pesa más que la cocina.

Diseño de Esrawe. Iluminación de autor. Playlist curada por un DJ europeo.

Todo eso está bien. Suma. Construye experiencia.

Pero si la cocina falla, si el servicio es lento, si el plato llega tibio… el diseño no lo salva.

El lujo arquitectónico sin lujo culinario es solo un lugar bonito donde comes mal.


Ejemplos que sí entienden el lujo

No voy a decir nombres. Pero los reconoces porque:

  • La carta es corta. Menos de 15 platillos. Cada uno con razón de ser.
  • No te explican cada ingrediente. Confían en su cocina.
  • El servicio conoce el producto pero no te da cátedra.
  • El plato llega a la temperatura correcta. Siempre.
  • La técnica es visible: ves el dominio del fuego, del punto, del balance.
  • El precio alto se justifica con ejecución alta, no con cuento alto.

Esos lugares existen. Son pocos. Y nunca necesitan decirte que son «de lujo».

Lo pruebas. Y lo sabes.


El lujo no se explica, se prueba

Aquí está el problema real: nos acostumbramos al cuento.

Nos vendieron que el lujo es el discurso, la puesta en escena, la experiencia Instagrameable. Y empezamos a pagar por eso, no por la cocina.

Restaurantes que cobran 2 mil pesos por persona y no saben hacer un fondo. Menús de degustación donde la mitad de los platos están mal ejecutados pero «la narrativa es increíble». Chefs que construyeron marca en redes pero no en la cocina.

Y funciona. Porque dejamos de exigir técnica y empezamos a comprar storytelling.

Pero el lujo real no es cuento. Es oficio.

Es saber hacer las cosas bien, una y otra vez, sin necesidad de explicar por qué estás cobrando lo que cobras. Es tener criterio para elegir producto, técnica para ejecutarlo y humildad para dejar que el plato hable.

El lujo que se explica demasiado, suele estar vacío.

El lujo que funciona, se prueba en el primer bocado.

Y no necesita decirte nada más.


No te lo vendo, te lo cuento y tú decides.


Yoab Samaniego es Director de Estrategias Digitales en La Aurora de México, columnista en La Silla Rota (#yoabsabe) y autor en 7 Caníbales. Escribe sobre gastronomía como cultura, no como consumo.

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